El pensamiento de René Descartes, situado en la primera mitad del siglo XVII, marca el nacimiento de la Modernidad y supone una ruptura definitiva con la tradición escolástica que había dominado la Edad Media. En un contexto cultural convulso, definido por la Revolución Científica de figuras como Galileo y una profunda crisis de fundamentos, Descartes se propone reconstruir el edificio del conocimiento sobre bases enteramente racionales. Su filosofía surge como una respuesta al escepticismo pirrónico de la época, que ponía en duda la capacidad humana para alcanzar certezas. Así, el autor se convierte en el padre del Racionalismo, defendiendo que la razón es la única fuente fiable de verdad, frente a la engañosa información de los sentidos. El fragmento analizado aborda el tema del descubrimiento del *cogito* como primer principio de la filosofía. A través de un proceso argumentativo muy preciso, Descartes expone que, en el mismo acto de intentar pensar que todo es falso, surge una evidencia imposible de ignorar: la existencia de un sujeto que piensa. El autor estructura su idea partiendo de la necesidad de este sujeto para realizar cualquier acción mental, formulando su tesis central «pienso, luego soy» como una verdad de tal solidez que ninguna duda, por extrema que sea, puede derribarla. Esta tesis no es una deducción lógica, sino una intuición inmediata que se convierte en el cimiento sobre el cual edificará todo su sistema filosófico posterior. Para comprender la profundidad de este texto, debemos situarlo dentro de la teología natural y la epistemología del método cartesiano. Descartes utiliza la duda metódica como una herramienta de limpieza intelectual: duda de los sentidos, de la incapacidad de distinguir el sueño de la vigilia e incluso plantea la hipótesis de un genio maligno que le engañe en las verdades matemáticas. Sin embargo, el fragmento muestra que el *cogito* sobrevive a todos estos niveles de duda. A partir de aquí, el autor establece su criterio de verdad basado en la claridad y la distinción: solo aceptará como verdadero aquello que se le presente con la misma evidencia que su propia existencia como sustancia pensante o *res cogitans*, separada de la sustancia extensa o cuerpo. Desde una perspectiva contemporánea, el planteamiento de Descartes encuentra un contraste radical en la figura de Friedrich Nietzsche. Mientras que Descartes busca un fundamento sólido y unitario para el "Yo", Nietzsche sostiene que este es una mera ficción gramatical y que no hay un sujeto detrás del pensamiento, sino una red de pulsiones biológicas. Para el filósofo alemán, el racionalismo cartesiano es una forma de negar la vida y los instintos, sustituyendo la realidad cambiante por conceptos estáticos. Donde Descartes ve una "verdad firme", Nietzsche ve una construcción lingüística que nos aleja de nuestra naturaleza dionisíaca, planteando que la felicidad no reside en la verdad absoluta, sino en la voluntad de poder y la creación de nuevos valores. En mi valoración crítica, considero que la labor de Descartes es encomiable por haber situado al individuo y su capacidad racional en el centro de la cultura occidental, lo que eventualmente permitió el desarrollo de la autonomía personal y los derechos humanos. No obstante, su encierro en el "yo" crea el problema del solipsismo, obligándole a recurrir a la idea de Dios para garantizar que el mundo exterior no es una ilusión. Hoy en día, en plena era de la inteligencia artificial, la pregunta cartesiana cobra una vigencia inesperada: ¿es el procesamiento de información equivalente al pensamiento consciente, o sigue habiendo algo en el sujeto que escapa a la pura mecánica de los datos? Aunque la neurociencia haya matizado su dualismo, la exigencia cartesiana de no aceptar ninguna verdad que no haya pasado por el filtro del examen crítico sigue siendo una de las defensas más sólidas que poseemos frente al dogmatismo.